19/12/2008

EL SEÑOR, NUESTRA JUSTICIA

La pregunta es, pues: ¿Cómo puede obtenerse la justicia requerida para que uno pueda entrar en esa ciudad? Responder a esta pregunta es la gran obra del evangelio. Detengámonos primeramente en una lección objetiva –o ilustración– sobre la justificación o impartimiento de la justicia (rectitud). El ejemplo nos puede ayudar a comprender mejor el concepto. Lo refiere Lucas 18:9-14 en estos términos:
"Para algunos que se tenían por justos, y menospreciaban a los demás, les contó esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, el otro publicano. El fariseo oraba de pie consigo mismo, de esta manera: Dios, te doy gracias, que no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano. Ayuno dos veces por semana, y doy el diezmo de todo lo que gano. Pero el publicano quedando lejos, ni quería alzar los ojos al cielo, sino que golpeaba su pecho, diciendo: Dios, ten compasión de mí, que soy pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado, pero el otro no. Porque el que se enaltece será humillado; y el que se humilla, será enaltecido".

Eso quedó escrito para mostrarnos cómo no debemos alcanzar la justicia, y cómo sí la debemos alcanzar. Los fariseos no se han extinguido; hay muchos en estos días que esperan obtener la justicia por sus propias buenas obras. Confían en sí mismos de que son justos. No siempre se jactan abiertamente de su bondad, pero muestran de otras maneras que están confiando en su propia justicia. Quizá el espíritu del fariseo –el espíritu que enumera a Dios sus propias buenas obras como razón del favor esperado– está tan extendido como cualquier otra cosa entre profesos cristianos que se sienten postrados en razón de sus pecados. Saben que han pecado y se sienten condenados. Se lamentan por su situación pecaminosa y deploran su debilidad. Sus testimonios nunca se elevan por encima de este nivel. A menudo se refrenan de hablar, por pura vergüenza, en las reuniones en grupos, y tampoco se atreven a acercarse a Dios en oración. Después de haber pecado en un grado más intenso de lo usual, se abstienen de orar por algún tiempo, hasta que haya pasado el sentido más acuciante de su fracaso, o hasta que se imaginan haberlo compensado mediante un comportamiento especialmente bueno. ¿Qué manifiesta lo anterior? –Ese espíritu farisaico dispuesto a hacer ostentación de su justicia ante Dios; esa mente que no acude a él a menos que pueda apoyarse en el falso puntal de su imaginada bondad personal. Quieren poder decirle al Señor: "¿Ves lo bueno que he sido en los últimos días? Espero que me aceptes ahora".

Pero ¿cuál es el resultado? –El hombre que confió en su propia justicia no tenía ninguna, mientras que el hombre que oró en contrición de corazón: "Dios, ten compasión de mí, que soy pecador", se fue a su casa como un hombre justo. Cristo dice que se fue justificado, es decir, hecho justo.

Es preciso observar que el publicano hizo algo más que lamentar su pecaminosidad: pidió misericordia. ¿Qué es la misericordia? –Es el favor inmerecido. Es la disposición a tratar a un hombre mejor de lo que se merece. La Palabra inspirada dice de Dios: "Como es más alto el cielo que la tierra, así engrandeció su inmensa misericordia por los que lo reverencian" (Sal. 103:11). Es decir, la medida con que Dios nos trata mejor de lo que merecemos cuando acudimos a él con humildad, es equivalente a la distancia entre la tierra y el más alto cielo. ¿Y cómo nos trata mejor de lo que merecemos? –Alejando nuestros pecados de nosotros; ya que el siguiente versículo dice: "Cuanto está lejos el oriente del occidente, alejó de nosotros nuestros pecados". Con esto concuerdan las palabras del discípulo amado: "Si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de todo mal" (1 Juan 1:9).

Para más declaraciones sobre la misericordia de Dios y la forma en que se manifiesta, ver Miqueas 7:18 y 19: "¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retiene para siempre su enojo, porque se deleita en su invariable misericordia. Dios volverá a compadecerse de nosotros, sepultará nuestras iniquidades, y echará nuestros pecados en la profundidad de la mar". Vamos a leer ahora la clara declaración bíblica de cómo se concede la justicia.

El apóstol Pablo, tras haber probado que todos pecaron y que están destituidos de la gloria de Dios, de forma que por las obras de la ley ninguno será justificado ante él, prosigue afirmando que somos "justificados -hechos rectos- gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús; a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para mostrar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados cometidos anteriormente, con la mira de mostrar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús" (Rom. 3:24-26).

"Siendo justificados gratuitamente". ¿De qué otra manera podía ser? Puesto que los mejores esfuerzos de un hombre pecaminoso no tienen el menor efecto en cuanto a producir justicia, es evidente que la única manera en la que es posible obtenerla es como un don. En Romanos 5:17 Pablo la presenta claramente como un don: "Porque, si por el delito de uno reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, por Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don gratuito de la justicia". Es debido a que la justicia es un don, por lo que la vida eterna –que es la recompensa de la justicia– es el don de Dios mediante Cristo Jesús Señor nuestro.

Cristo ha sido establecido por Dios como el Único a través de quien puede obtenerse el perdón de los pecados; y este perdón consiste simplemente en la declaración de su justicia (que es la justicia de Dios) para remisión de los pecados. Dios, "que es rico en misericordia" (Efe. 2:4), y que se deleita en ella, pone su propia justicia sobre el pecador que cree en Jesús, como sustituto por sus pecados. Se trata de un intercambio extremadamente beneficioso para el pecador. Y no es pérdida para Dios, ya que es infinito en santidad, y es imposible que la fuente resulte esquilmada.
La Escritura que acabamos de considerar (Rom. 3:24-26) no es sino otra forma de exponer la idea contenida en los versículos 21 y 22, en el sentido de que por las obras de la ley nadie será justificado. El apóstol añade: "Pero ahora, aparte de toda la ley, la justicia de Dios se ha manifestado respaldada por la Ley y los Profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él". Dios pone su justicia sobre el creyente, lo cubre con ella para que su pecado no aparezca más. Entonces el que ha sido perdonado puede exclamar con el profeta:
"En gran manera me gozaré en el Eterno, me alegraré en mi Dios; porque me vistió de vestidos de salvación, me rodeó de un manto de justicia, como a novio me atavió, como a novia ataviada de sus joyas" (Isa. 61:10).

Pero ¿qué hay sobre "la justicia de Dios sin la ley"? ¿Cómo concuerda esa declaración con aquella otra de que la ley es la justicia de Dios, y que fuera de sus requerimientos no hay justicia? No hay aquí contradicción. La ley no es algo ajeno a este proceso. Observemos cuidadosamente: ¿Quién dio la ley? –Cristo. ¿Cómo la pronunció? –"Como uno teniendo autoridad." ¡Como Dios! La ley salió de él tanto como del Padre, y es simplemente una declaración de la justicia de su carácter. Por lo tanto, la justicia que viene por la fe de Cristo Jesús es la misma justicia que está personificada en la ley; y esto lo demuestra el hecho de que es "respaldada por la Ley" (Rom. 3:21).

Tratemos de imaginar la escena: De un lado está la ley como presto testigo contra el pecador. No puede cambiar, y nunca declarará justo al que es pecador. El pecador convicto trata vez tras vez de obtener justicia de la ley, pero ésta resiste todos sus avances. Es imposible sobornarla con ninguna cantidad de penitencias o profesas buenas obras. Pero entra en escena Cristo, tan "lleno de gracia" como de verdad, y llama al pecador a sí. El pecador, cansado finalmente de su vana lucha por conseguir la justicia mediante la ley, oye la voz de Cristo, y corre a sus brazos tendidos. Refugiándose en él, queda cubierto con la justicia de Cristo; y resulta que ha obtenido, mediante la fe en Cristo, aquello que tanto procuró en vano. Tiene la justicia que la ley requiere, y se trata del artículo genuino, porque lo obtuvo de la Fuente de la Justicia: del mismo lugar de donde vino la ley. Y la ley testifica sobre la autenticidad de esta justicia. Dice que mientras el hombre la retenga, irá al tribunal y lo defenderá de todos sus acusadores. Da fe de que es un hombre justo.
La justicia que es "por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios por la fe" (Fil. 3:9), dio a Pablo la seguridad de que estaría a salvo en el día de Cristo.

No hay en la transacción nada que objetar. Dios es justo, y al mismo tiempo el que justifica al que cree en Jesús. En Jesús mora toda la plenitud de la divinidad; es igual al Padre en todo atributo. Por consiguiente, la redención que hay en él –la capacidad para recuperar al hombre perdido– es infinita. La rebelión del hombre es contra el Hijo tanto como contra el Padre, puesto que los dos son uno. Por lo tanto, cuando Cristo "se dio por nuestros pecados", era el Rey sufriendo por los súbditos rebeldes –el ofendido perdonando, pasando por alto la ofensa del infractor. Nadie podrá negar a un hombre el derecho y el privilegio de perdonar cualquier ofensa cometida contra él; entonces, ¿por qué cavilar cuando Dios ejerce el mismo derecho? Ciertamente, tiene todo el derecho de perdonar la injuria cometida contra él; y con mayor razón aún, puesto que vindica con ello la integridad de su ley al someterse en su propia Persona a la penalidad que el pecador merecía.

Es cierto que el inocente sufrió en lugar del pecador, pero el divino Sufriente "se dio a sí mismo" voluntariamente a fin de poder hacer, con justicia hacia su gobierno, lo que su amor le motivaba a hacer: pasar por alto la injuria que se le infligió como Gobernante del universo.

Leamos ahora la declaración que Dios mismo hace sobre su propio Nombre –una declaración dada en una de las peores circunstancias de desprecio que sea posible manifestar contra él:
"Entonces el Eterno descendió en la nube y estuvo allí con él, y proclamó su Nombre. El Señor pasó ante Moisés y proclamó: ¡Oh Eterno, oh Eterno! ¡Dios compasivo y bondadoso, lento para la ira, y grande en amor y fidelidad! Que mantiene su invariable amor a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y no deja sin castigo al malvado" (Éx. 34:5-7).

Este es el Nombre de Dios; es el carácter en el cual se revela a sí mismo al hombre; la luz en la cual desea que el hombre lo considere. Pero, ¿qué hay acerca de la declaración de que "no deja sin castigo al malvado"? Esto encaja a la perfección con su longanimidad, su bondad superabundante y su perdón de la transgresión de su pueblo. Es cierto que Dios no deja sin castigo al malvado; no podría hacer eso y continuar siendo un Dios justo. Pero hace algo muchísimo mejor: elimina la culpabilidad, de forma que el que fuera antes culpable no necesita ya ser absuelto: es justificado, y considerado como si nunca hubiese pecado.

Nadie desconfíe de la expresión: "poniéndole la justicia", como si eso implicara hipocresía. Algunos, mostrando una singular falta de apreciación hacia el don de la justicia, han afirmado no querer una justicia que "se pusiera", sino más bien la justicia que surge de la vida, despreciando con ello la justicia de Dios, que es por la fe de Cristo Jesús para todos y sobre todos los que creen. Estamos de acuerdo con protestar contra la hipocresía -una forma de piedad sin el poder-, pero nos gustaría que el lector tuviese esto presente: Hay una diferencia infinita dependiendo de quién pone la justicia. Si tratamos de ponérnosla nosotros mismos, entonces realmente no obtenemos más que trapos de inmundicia –poco importa el buen aspecto que pueda ofrecer a nuestra vista–, pero cuando es Cristo quien nos viste con ella, no debe ser despreciada o rechazada. Observemos la expresión de Isaías: "Me rodeó de un manto de justicia". La justicia con la que Cristo nos cubre es justicia que cuenta con la aprobación de Dios; y si satisface a Dios, los hombres no debieran ciertamente tratar de concebir algo mejor.

Pero avancemos un paso más, y desaparecerá toda dificultad. Leemos Zacarías 3:1-5:
"El Señor me mostró al sumo sacerdote Josué que estaba de pie ante el Ángel del Eterno. Y Satanás estaba a su derecha para acusarlo. Dijo el Eterno a Satanás: El Señor te reprenda, oh Satanás, el Señor que ha elegido a Jerusalén te reprenda. ¿No es éste un tizón arrebatado del incendio? Josué estaba ante el Ángel, vestido de ropa sucia. El Ángel mandó a los que estaban ante él: Quitadle esa ropa sucia. Entonces dijo a Josué: 'Mira que he quitado tu pecado de ti, y te vestí de ropa de gala'. Después dijo: 'Pongan mitra limpia sobre su cabeza'. Y pusieron una mitra limpia sobre su cabeza, y lo vistieron de ropa limpia, mientras el Ángel del Eterno estaba presente".

Obsérvese que el serle quitadas las vestiduras viles significa hacer pasar la iniquidad de la persona. Y vemos así que cuando Cristo nos cubre con el manto de su propia justicia, no provee un cubridero para el pecado, sino que quita el pecado. Y eso muestra que el perdón de los pecados es más que una simple forma, más que una simple consigna en los libros de registro del cielo, al efecto de que el pecado sea cancelado. El perdón de los pecados es una realidad; es algo tangible, algo que afecta vitalmente al individuo. Realmente lo absuelve de culpabilidad; y si es absuelto de culpa, es justificado, es hecho justo: ciertamente ha experimentado un cambio radical. Es en verdad otra persona. Así es, puesto que es en Cristo en quien obtuvo esa justicia para remisión de los pecados. La obtuvo solamente estando en Cristo. Pero "si alguno está en Cristo, nueva criatura es" (2 Cor. 5:17). Por lo tanto, el pleno y amplio perdón de los pecados trae consigo ese maravilloso y milagroso cambio conocido como el nuevo nacimiento; porque un hombre no puede llegar a ser una nueva criatura de no ser mediante un nuevo nacimiento. Es lo mismo que tener un corazón nuevo, o un corazón limpio.

El corazón nuevo es un corazón que ama la justicia y odia al pecado. Es un corazón dispuesto a ser conducido por los caminos de la justicia. Un corazón tal es lo que el Señor quiso para Israel: "Ojalá hubiese en ellos un corazón tal, que me reverencien, y guarden todos los días mis Mandamientos! Así les irá bien a ellos y a sus hijos para siempre!" (Deut. 5:29). Resumiendo: se trata de un corazón libre de amor al pecado, tanto como de culpabilidad de pecado. Pero, ¿qué es lo que hace a un hombre desear sinceramente el perdón de sus pecados? –Es simplemente su odio contra ellos y su deseo de justicia, inspirados por el Espíritu Santo.

El Espíritu contiende con todos los hombres. Viene como reprensor. Cuando se presta oído a su voz de reproche, asume de inmediato el papel de consolador. La misma disposición dócil y sumisa que hace que la persona acepte el reproche del Espíritu, lo llevará también a seguir las enseñanzas del Espíritu, y Pablo dice que "todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios" (Rom. 8:14).

Una vez más, ¿qué es lo que trae la justificación, o perdón de los pecados? Es la fe, porque Pablo dice: "Así, habiendo sido justificados por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo" (Rom. 5:1). La justicia de Dios es dada y puesta sobre todo aquel que cree (Rom. 3:22). Pero ese mismo ejercicio de la fe hace de la persona un hijo de Dios, porque el apóstol Pablo dice más: "Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús" (Gál. 3:26).

La carta de Pablo a Tito ilustra el hecho de que todo aquel cuyos pecados son perdonados viene a ser de inmediato un hijo de Dios. Primeramente trae a consideración la condición malvada en la que estábamos anteriormente, para decir a continuación (Tito 3:4-7):
"Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor hacia los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavado regenerador y renovador del Espíritu Santo, que derramó en nosotros en abundancia, por Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, seamos herederos según la esperanza de la vida eterna".

Obsérvese que es siendo justificados por su gracia como somos hechos herederos. Ya hemos visto en Romanos 3:24 y 25 que esta justificación por su gracia es mediante la fe en Cristo; pero Gálatas 3:26 nos dice que la fe en Cristo Jesús nos hace hijos de Dios; por lo tanto podemos saber que todo el que ha sido justificado –perdonado- por la gracia de Dios, es un hijo y un heredero de Dios.

Esto muestra que carece de base la suposición de que una persona tuviese que pasar por un cierto período de prueba y obtener un cierto grado de santidad, antes de que Dios lo acepte como a su hijo. Él nos recibe tal como somos. No es por nuestra benignidad por lo que nos ama, sino por nuestra necesidad. Nos recibe, no por algún bien que vea en nosotros, sino por el propio bien que hay en él, y por lo que él sabe que su poder divino es capaz de hacer de nosotros. Es solamente cuando nos damos cuenta de la maravillosa exaltación y santidad de Dios, y de que viene a nosotros en nuestra condición pecaminosa y degradada para adoptarnos en su familia, cuando podemos apreciar la fuerza de la exclamación del apóstol: "¡Mirad qué gran amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios!" (1 Juan 3:1). Todo el que haya recibido ese honor, se purificará, tal como él es puro. Dios no nos ha adoptado como a sus hijos porque seamos buenos, sino a fin de poder hacernos buenos. Dice Pablo: "Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en pecados, nos dio vida junto con Cristo. Por gracia habéis sido salvos. Y con él nos resucitó y nos sentó en el cielo con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros la abundante riqueza de su gracia, en su bondad hacia nosotros en Cristo Jesús" (Efe. 2:4-7). Y después añade: "Porque por gracia habéis sido salvados por la fe. Y esto no proviene de vosotros, sino que es el don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, que Dios de antemano preparó para que anduviésemos en ellas" (vers. 8-10). Este pasaje muestra que Dios nos amó mientras estábamos todavía muertos en pecados; nos da su Espíritu para vivificarnos en Cristo, y el mismo Espíritu dirige nuestra adopción en la familia divina; nos adopta para que, como nuevas criaturas en Cristo, podamos hacer las buenas obras que Dios preparó.

ACEPTOS EN EL AMADO

Muchas personas no se atreven a decidirse a servir al Señor porque temen que Dios no los aceptará; y miles que durante años han sido profesos seguidores de Cristo están todavía dudando de su aceptación por Dios. Escribo para el beneficio de los tales, y no confundiré sus mentes con especulaciones, sino que procuraré señalarles las sencillas promesas de la palabra de Dios.

"¿Me recibirá el Señor?" Contesto con otra pregunta: ¿Recibirá un hombre aquello que ha comprado? Si vas al almacén y haces una compra, ¿recibirás la mercancía al serte entregada? ¡Claro que lo harás! El hecho de que compraste la mercancía, y de que pagaste tu dinero por ella es suficiente prueba, no solamente de que estás dispuesto, sino también deseoso de recibirla. Si no la quisieras, no la habrías comprado. Más aun, cuanto más hayas pagado por la mercancía, más ansioso estarás por recibirla. Si el precio que pagaste es enorme, y casi has dado tu vida para obtenerla, no hay duda de que aceptarás el artículo al serte entregado. Estarás preocupado, no vaya a producirse algún error en la entrega.

Ahora apliquemos esta ilustración sencilla y cotidiana al caso del pecador que acude a Cristo. En primer lugar, él nos ha comprado. "¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, que tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio" (1 Cor. 6:19 y 20).

El precio que pagó por nosotros fue su propia sangre, su vida. Pablo dice a los santos de Éfeso: "Mirad por vosotros, y por todo el rebaño en medio del cual el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, que él ganó con su propia sangre" (Hech. 20:28). "Sabed que habéis sido rescatados de la vana conducta de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha ni defecto" (1 Pedro 1:18 y 19). "Él se dio a sí mismo por nosotros" (Tito 2:14). "Se dio a sí mismo por nuestros pecados, para librarnos de este presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre" (Gál. 1:4).

No compró a cierta clase, sino a todo un mundo de pecadores. "Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único" (Juan 3:16). Jesús dijo: "El pan que daré por la vida del mundo es mi carne" (Juan 6:51). "Cuanto aún éramos débiles, a su tiempo Cristo murió por los impíos". "Dios demuestra su amor hacia nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros" (Rom. 5:6 y 8).

El precio pagado fue infinito, por lo tanto podemos saber que realmente deseaba aquello que compró. Estaba determinado a obtenerlo. No podía estar satisfecho sin ello (ver Fil. 2:6-8; Heb. 12:2; Isa. 53:11).

"Pero no soy digno". Es decir, sientes que no vales el precio que pagó por ti, y por lo tanto temes venir, no sea que Cristo repudie la compra. Podrías albergar algún temor a ese respecto, si la venta no hubiera sido sellada y el precio no hubiera sido pagado ya. Si Cristo decidiera no aceptarte debido a que no vales el precio, no solamente te perdería a ti, sino también todo lo que pagó. Aunque la mercancía no valiese lo que pagaste por ella, no serías tan inconsecuente como para despreciarla. Preferirías obtener algo a cambio de tu dinero, que no obtener nada.
Pero hay más: no tienes motivo para preocuparte por lo que respecta al valor. Cuando Cristo vino a la tierra interesado en esa compra, "no necesitaba que nadie le dijera nada acerca de los hombres, porque él sabía lo que hay en el hombre" (Juan 2:25). Él hizo la compra con los ojos bien abiertos, y sabía el valor exacto de aquello que compraba. No está en absoluto decepcionado cuando vienes a él, y ve que no posees ningún valor. En nada te ha de preocupar el asunto del valor. Si él, con pleno conocimiento del caso, se sintió satisfecho de hacer esa transacción, debieras ser el último en quejarte.

Efectivamente: la maravillosa verdad es que te compró por la precisa razón de que no eras digno. Su ojo experimentado vio grandes posibilidades en ti y te compró, no por el valor que tuvieras o tengas ahora, sino por lo que él puede hacer de ti. Te dice: "Yo, yo Soy el que borro tus rebeliones, por mi bien" (Isa. 43:25). Nosotros carecemos de justicia; es por eso que nos compró, "para que seamos hechos la justicia de Dios en él". Dice Pablo: "Porque en Cristo habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad. Y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad" (Col. 2:9 y 10). El proceso es el siguiente:
"Entre ellos todos nosotros también vivimos en otro tiempo al impulso de los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos; y éramos por naturaleza hijos de ira, igual que los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en pecados, nos dio vida junto con Cristo. Por gracia habéis sido salvos. Y con él nos resucitó y nos sentó en el cielo con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros la abundante riqueza de su gracia, en su bondad hacia nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia habéis sido salvados por la fe. Y esto no proviene de vosotros, sino que es el don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, que Dios de antemano preparó para que anduviésemos en ellas" (Efe. 2:3-10).

Hemos de servir "para la alabanza y gloria de su gracia". Eso nunca podría ser así, si es que hubiéramos sido dignos previamente de todo lo que pagó por nosotros. En ese caso, no habría gloria para él en esa obra. No podría, en las edades venideras, mostrar en nosotros las riquezas de su gracia. Pero cuando él nos toma, indignos como somos, y nos presenta finalmente sin mancha delante del trono, será para su gloria por siempre. Y entonces nadie se atribuirá valor a sí mismo. Los ejércitos santificados se unirán por la eternidad, diciendo a Cristo: "Digno eres... porque fuiste muerto, y con tu sangre compraste para Dios gente de toda raza y lengua, pueblo y nación; y de ellos hiciste un reino y sacerdotes para servir a nuestro Dios". "El Cordero que fue muerto es digno de recibir poder y riquezas, sabiduría y fortaleza, honra, gloria y alabanza" (Apoc. 5:9,10 y 12).

Ciertamente debiera desecharse toda duda con respecto a si Dios nos acepta. Pero no sucede así. El impío corazón incrédulo alberga dudas todavía. 'Creo todo esto, pero...' –Detengámonos aquí: si realmente creyeras, no habría ningún 'pero'. Cuando se añade el 'pero' a la declaración de creer, realmente se quieren decir: 'Creo, pero no creo'. Continúas así: 'Tal vez estés en lo cierto, pero... Creo las declaraciones bíblicas que has citado, pero la Biblia dice que si somos hijos de Dios tendremos el testimonio del Espíritu, y tendremos el testimonio en nosotros; y yo no siento tal testimonio, por lo tanto no puedo creer que sea de Cristo. Creo su palabra, pero no tengo el testimonio'...

Entiendo tu dificultad; veamos si es posible eliminarla.
Con respecto a pertenecer a Cristo, tú mismo puedes decidir eso. Has visto lo que él entregó por ti. Ahora, la pregunta es: ¿Te has entregado tú a él? Si lo has hecho, puedes tener la seguridad de que te ha aceptado. Si no eres de él es únicamente porque has rehusado entregarle aquello que compró ya. Le estás defraudando. Él dice: "Todo el día extendí mis manos a un pueblo desobediente y rebelde" (Rom. 10:21). Te ruega que le entregues lo que compró y pagó, sin embargo tú rehúsas hacerlo, para acusarlo después de no estar dispuesto a recibirlo -a recibirte-. Pero si te has entregado a él de corazón, puedes estar seguro de que te ha recibido.

En cuanto a que crees sus palabras aun dudando de si te acepta o no, debido a que no sientes el testimonio del Espíritu en tu corazón, permíteme que insista en que no crees. Si creyeras, tendrías el testimonio. Escucha su palabra: "El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo. El que no cree a Dios lo hace mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo" (1 Juan 5:10). Creer en el Hijo es simplemente creer en su palabra y en lo escrito acerca de él.

"El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo". No puedes tener el testimonio hasta que no creas; y tan pronto como creas, tienes el testimonio. ¿Cómo? Porque tu creencia en la palabra de Dios es precisamente el testimonio. Lo dice Dios: "La fe es la sustancia de lo que esperamos, y la evidencia de lo que no vemos" (Heb. 11:1).

Si oyeses a Dios decirte a viva voz que eres su hijo, considerarías eso suficiente testimonio. Bien, pues cuando Dios habla en su palabra, es lo mismo que si hablara con voz audible, y tu fe es la evidencia de que oyes y crees.

Este es un asunto tan importante, que vale la pena prestarle cuidadosa consideración. Leamos un poco más acerca del testimonio.

Primero leemos que somos "todos hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús" (Gál. 3:26). Esta es una confirmación positiva de lo dicho a propósito de nuestra incredulidad en el testimonio. Nuestra fe nos hace hijos de Dios. Pero ¿cómo obtenemos esta fe? –"La fe viene por el oír; y el oír, por medio de la Palabra de Dios" (Rom. 10:17). Pero ¿cómo podemos obtener fe en la palabra de Dios? –Cree simplemente que Dios no puede mentir. Muy difícilmente llamarías a Dios mentiroso en su propia presencia; pero eso es lo que haces si no crees en su palabra. Todo lo que tienes que hacer para creer es, creer. "La Palabra está cerca de ti, en tu boca y en tu corazón.
Esta es la Palabra de fe, que predicamos: Así, si con tu boca confiesas que Jesús es el Señor, y en tu corazón crees que Dios lo levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para ser justificado, y con la boca se hace confesión para salvación. Pues la Escritura dice: Todo el que crea en él, no será avergonzado" (Rom. 10:8-11).

Esto concuerda con el testimonio de Pablo: "El mismo Espíritu testifica a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo" (Rom. 8:16 y 17). Este Espíritu que testifica a nuestro espíritu, es el Consolador que Jesús prometió (Juan 14:16). Y sabemos que su testimonio es verdadero, porque es el "Espíritu de verdad". Ahora, ¿cómo da testimonio? –Trayendo a nuestra memoria la Palabra que fue escrita. Él fue quien inspiró esas palabras (1 Cor. 2:13; 2 Pedro 1:21), y por lo tanto, cuando las trae a nuestra memoria, es lo mismo que si nos estuviera hablando directa y personalmente. Presenta ante nuestra mente la palabra –que hemos citado en parte–. Sabemos que es verdadera, pues Dios no puede mentir; despachamos a Satanás con su falso testimonio en contra de Dios, y creemos a la palabra. Al creerla, sabemos que somos hijos de Dios, y clamamos: "Abba, Padre". Entonces la gloriosa verdad se despliega con mayor claridad ante nuestra alma. La repetición de las palabras las hace una realidad para nosotros. Él es nuestro Padre; nosotros somos sus hijos. ¡Qué gozo da ese pensamiento! Vemos pues que el testimonio que tenemos en nosotros no es un simple sentimiento o emoción. Dios no pide que pongamos nuestra confianza en un indicador tan poco fiable como nuestros sentimientos. Según la Escritura, aquel que confía en su propio corazón es necio. El testimonio en el que debemos confiar es la inmutable Palabra de Dios, y mediante el Espíritu podemos tener en nuestros corazones un testimonio tal. "¡Gracias a Dios por su don inefable!"

Esta seguridad no nos exime de ser diligentes, ni nos lleva a la descuidada indolencia, como si ya hubiéramos alcanzado la perfección. Debemos recordar que Cristo no nos acepta a causa de nosotros, sino a causa de él; no porque seamos perfectos, sino porque en él podemos avanzar hacia la perfección. Nos bendice, no porque hayamos sido tan buenos como para merecer la bendición, sino para que en la fortaleza de la bendición podamos volvernos de nuestras iniquidades (Hech. 3:26). A todo el que cree en Cristo, le es dada potestad –poder o privilegio– de ser hecho hijo de Dios (Juan 1:12). Es por las "preciosas y grandísimas promesas" de Dios mediante Cristo, como llegamos a "participar de la naturaleza divina" (2 Pedro 1:4).

Consideremos brevemente la aplicación práctica de algunos de estos pasajes.

LA VICTORIA DE LA FE

La Biblia dice que "el justo vivirá por la fe". La justicia de Dios es "revelada de fe en fe" (Rom. 1:17). Nada puede ilustrar mejor el obrar de la fe, que algunos ejemplos provistos para nuestra enseñanza, "para que por la paciencia y el consuelo de las Escrituras, tengamos esperanza" (Rom. 15:4). Consideremos primeramente un evento notable relatado en 2ª de Crónicas capítulo 20:
"Después de esto, los Moabitas y los Amonitas, con algunos Maonitas, vinieron en guerra contra Josafat. Avisaron a Josafat: 'Viene contra ti una gran multitud de la otra parte del mar y de Siria. Ya están en Hasesón Tamar, que es Engadi'" (vers. 1 y 2).

Este gran ejército atemorizó tanto al rey como al pueblo, pero tomaron la sabia decisión de congregarse "para pedir socorro al Eterno. Vinieron de todas las ciudades de Judá" (vers. 3 y 4). Después vemos la oración de Josafat como dirigente de la congregación, y vale la pena estudiarla con detenimiento, puesto que fue una oración de fe, y contenía en ella misma el comienzo de la victoria:
"Entonces Josafat se puso en pie en la reunión de Judá y Jerusalén, en la casa del Eterno, ante el atrio nuevo. Y dijo: 'O Eterno, Dios de nuestros padres, ¿no eres tú el Dios que está en los cielos? Tú riges todos los reinos de las naciones. En tu mano están el poder y la fuerza, y no hay quien te resista'" (vers. 5 y 6).

Excelente comienzo para una oración. Empieza por reconocer al Dios del cielo. Así empieza la oración modelo: "Padre nuestro que estás en los cielos". ¿Qué significa? –Que Dios, como Dios en el cielo, es el Creador. Conlleva el reconocimiento de su poder sobre todas los reinos del mundo, y también sobre los poderes de las tinieblas; el hecho de estar en el cielo, de ser el Creador, muestra que en su brazo hay poder y fortaleza que nadie puede resistir. El hombre que, en la hora de necesidad, empieza su oración con tal reconocimiento del poder de Dios, tiene ya la victoria de su parte. Observa: Josafat no solamente declaró su fe en el maravilloso poder de Dios, sino que reclamó la fortaleza de Dios apropiándose de ella: "¿No eres tú nuestro Dios?” Cumplió la condición de las Escrituras: "Porque el que se acerca a Dios, necesita creer que existe, y que recompensa a quien lo busca" (Heb. 11:6).

Josafat procedió entonces a rememorar cómo el Señor los había establecido en la tierra, y cómo, no habiéndoles permitido invadir Moab y a Amón, esas naciones habían comenzado a echarlos de la tierra que Dios les había dado en herencia (vers. 7-11). Y después concluyó: "¡Oh Dios nuestro! ¿No los juzgarás tú? Porque en nosotros no hay fuerza contra tan grande multitud que viene contra nosotros. No sabemos qué hacer, pero a ti volvemos nuestros ojos" (vers. 12). Para el Señor no representa problema alguno el prestar auxilio, sea al poderoso, o al que no tiene fuerzas (2 Crón. 14:11); y puesto que los ojos del Señor recorren toda la tierra para mostrar su fortaleza en favor de aquellos cuyos corazones están completamente entregados a él (2 Crón. 16:9), los que están en necesidad harán bien en confiar solamente en él. La posición de Josafat y su pueblo armonizaba con el mandato apostólico: "Fijos los ojos en Jesús, autor y consumador de la fe" (Heb. 12:2). Él es el principio y el fin, y en sus manos está todo el poder en el cielo y en la tierra.

Ahora, ¿cuál fue el resultado? -El profeta del Señor vino en el poder del Espíritu Santo y dijo: "Oíd, Judá todo, vosotros habitantes de Jerusalén, y tú, rey Josafat. El Eterno os dice así: No temáis ni os amedrentéis ante esta gran multitud; porque la guerra no es vuestra, sino de Dios" (vers. 15). Y entonces se dio la orden de salir de mañana para enfrentar al enemigo y ver la salvación del Señor, puesto que él estaría con ellos.

Viene ahora la parte más importante:
"Cuando se levantaron por la mañana, salieron por el desierto de Tecoa. Y mientras salían, Josafat se puso en pie, y dijo: Oídme, Judá y habitantes de Jerusalén. Creed al Señor vuestro Dios, y estaréis seguros; creed a sus profetas, y seréis prosperados. Y después de consultar con el pueblo, puso a algunos a cantar y alabar al Eterno, vestidos de sus ornamentos sagrados. Mientras el ejército salía, decían: 'Dad gracias al Eterno, porque su amor es para siempre'" (vers. 20 y 21).

¡Extraña manera de salir al combate! Muy pocos ejércitos han ido alguna vez a la batalla encabezados por una vanguardia como esa. Pero ¿con qué resultado?
"Cuando empezaron a entonar cantos de alabanza, el Eterno puso contra los de Amón, de Moab y del monte Seir, las emboscadas de ellos mismos que habían puesto contra Judá, y se mataron unos a otros. Los de Amón y Moab se levantaron contra los del monte Seir, hasta matarlos y destruirlos. Y cuando acabaron con los del monte Seir, cada cual ayudó a destruir a su compañero. Y cuando los de Judá llegaron al alto que mira al desierto, vieron que la multitud yacía en tierra, todos muertos. Ninguno había escapado" (vers. 22-24).

Si pocos han salido a la batalla con una vanguardia como la del ejército de Josafat, es igualmente cierto que pocos ejércitos se han visto recompensados por una victoria tan grande como aquella. Y no estará de más prestar atención al hecho de la victoria de la fe, tal como ilustra el caso referido. Cuando el enemigo, asegurado en su superioridad numérica, oyó a los Israelitas salir esa mañana cantando y gritando, ¿qué debió deducir? -Que los Israelitas habían recibido refuerzos, y estaban tan fortalecidos que sería inútil enfrentarse a ellos. Fueron así presa del pánico, y cada cual percibió en su vecino a un enemigo.

¿Y acaso no era cierto que Israel había recibido refuerzos? -Desde luego que sí, porque dice el relato que "cuando empezaron a entonar cantos de alabanza, el Eterno puso contra los de Amón, de Moab y del monte Seir, las emboscadas de ellos mismos". El ejército del Señor, en quien Josafat y su pueblo confiaron, peleó por ellos. Tuvieron refuerzos, y sin duda si sus ojos hubieran sido abiertos, habrían visto, como vio el siervo de Elías en una ocasión, que eran más los que estaban con ellos que los que estaban en su contra.

Pero el punto a destacar es que el Señor puso las emboscadas contra el enemigo cuando Israel empezó a cantar y alabar. ¿Qué significa eso? -Significa que su fe era real. Dieron tanto crédito a la promesa de Dios como al cumplimiento efectivo de la misma. Así, creyeron en el Señor, o más literalmente, edificaron en el Señor, y por lo tanto fueron establecidos o fortalecidos. Con ello dieron fe de la verdad de las palabras: "Y ésta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe" (1 Juan 5:4).

Apliquemos ahora esta ilustración al caso del conflicto con el pecado. Somos poderosamente tentados a hacer algo que sabemos malo. Hemos vivido a menudo la dolorosa experiencia de sucumbir a la fuerza de la tentación, de forma que sabemos que no tenemos ningún poder para vencerla. Pero ahora nuestros ojos están puestos en el Señor, quien nos invita a venir con plena confianza al trono de la gracia, para obtener misericordia y oportuno socorro para el tiempo de la necesidad. Así que empezamos a pedir a Dios ayuda en oración. Oramos al Dios que la Biblia nos presenta como el Creador del cielo y la tierra. Empezamos, no con una lúgubre declaración de nuestra debilidad, sino con el gozoso reconocimiento del gran poder de Dios. Habiendo reconocido lo anterior, podemos aventurarnos a expresar nuestra dificultad y nuestra debilidad. Si expresamos nuestra debilidad y nuestra situación desalentadora en primer lugar, nos estamos colocando antes que Dios. Satanás magnifica entonces la dificultad, y nos rodea con sus tinieblas para que no podamos ver más allá de nuestra debilidad, y aunque nuestras súplicas y peticiones sean fervientes y agonizantes, serán en vano, porque carecerán del elemento esencial de creer que Dios existe, y que es todo lo que ha revelado que es. Pero cuando empezamos con el reconocimiento del poder de Dios, entonces podemos declarar nuestra debilidad sin correr ningún riesgo, porque estamos simplemente poniendo nuestra debilidad del lado de su poder, y ese contraste infunde valor.

Entonces, al orar, el Espíritu Santo trae a nuestra mente la promesa de Dios. Puede ser que no recordemos ninguna promesa especial que se adecue exactamente al caso; pero podemos recordar que "Palabra fiel y digna de ser recibida por todos, que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores" (1 Tim. 1:15); y que "se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos de este presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre" (Gál. 1:4); y podemos saber que esto abarca toda promesa, porque "el que no eximió ni aun a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él gratuitamente todas las cosas?" (Rom. 8:32).

Recordamos entonces que Dios puede hablar de las cosas que no son, como si ya fueran. Es decir, si Dios da una promesa, es algo tan seguro como si ya se hubiese cumplido. Y así, sabiendo que nuestra liberación del mal está de acuerdo con la voluntad de Dios (Gál. 1:4), contamos ya la victoria como nuestra, y empezamos a agradecer a Dios por sus "preciosas y grandísimas promesas". Mientras nuestra fe se aferra de estas promesas y las hace reales, no podemos dejar de alabar a Dios por su maravilloso amor; y mientras estamos haciendo esto nuestras mentes son totalmente apartadas del mal, y la victoria es nuestra. El Señor pone emboscadas contra el enemigo. Nuestra actitud de alabanza muestra a Satanás que hemos obtenido refuerzos; y como él ha "probado" ya la ayuda que se nos proporciona, sabe que no puede hacer nada contra ella, y huye de nosotros. Esto ilustra la fuerza del mandato apostólico:
"Por nada estéis afanosos [es decir, no os acongojéis por nada]; sino presentad vuestros pedidos a Dios en oración, ruego y acción de gracias" (Fil. 4:6).

ESCLAVOS Y LIBRES

Hay otra línea de textos en la Escritura de extraordinaria utilidad práctica, a propósito del poder que tiene la fe para traer la victoria. Hay que comprender primeramente que el pecador es un esclavo. Cristo dijo: "Todo el que comete pecado, es esclavo del pecado" (Juan 8:34). Pablo dice también, poniéndose en el lugar del hombre irregenerado: "Porque sabemos que la ley es espiritual, pero yo soy carnal, vendido al poder del pecado" (Rom. 7:14). Un hombre vendido es un esclavo; por lo tanto, aquel que se vende al pecado es un esclavo del pecado. Pedro menciona el mismo hecho, en referencia a los maestros falsos y corruptos: "Les prometen libertad, cuando ellos mismos son esclavos de la corrupción. Porque el que es vencido por alguno, es esclavo del que lo venció" (2 Pedro 2:19).

La característica distintiva del esclavo es que no puede hacer como quiere, sino que está obligado a hacer la voluntad de otro, por más odioso que le resulte. Pablo prueba así la verdad de su declaración al efecto de que, como un hombre carnal, fue esclavo del pecado: "Porque no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco". "De manera que ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí. Sé que en mí, esto es, en mi carne, no habita el bien. Porque tengo el querer, pero no alcanzo a efectuar lo bueno. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero" (Rom. 7:15 y 17-19).

El hecho de que el pecado gobierne, demuestra que el hombre es un esclavo; y si bien todo el que comete pecado es esclavo del pecado, la esclavitud se convierte en insufrible una vez que el pecador vislumbra la libertad. La desea, pero no logra romper las cadenas que lo atan al pecado. La imposibilidad del hombre irregenerado para hacer aun el bien que querría hacer, se ha mostrado ya en Romanos 8:7 y 8, y en Gálatas 5:17.

¡Cuántas personas han experimentado la verdad de esos textos en sus propias vidas! Cuántos han tomado resoluciones una y otra vez, y sin embargo sus más sinceras resoluciones han venido a resultar tan volubles como el humo ante el vendaval de la tentación. Se hallaron sin fuerzas, y no supieron qué hacer. Lamentablemente, sus ojos no estaban tan fijos en Dios como en sí mismos y en el enemigo. Su experiencia fue la de una batalla continua contra el pecado, cierto, pero caracterizada también por la continua derrota.

¿Puedes llamar a eso una verdadera experiencia cristiana? Hay algunos que se imaginan que lo es. ¿Por qué entonces el apóstol, en angustia de alma clamó: "Miserable de mí, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?" (Rom. 7:24). ¿Es la verdadera experiencia cristiana un cuerpo de muerte tan terrible que el alma es constreñida a clamar por liberación? –No, ciertamente.

¿Quién es aquel que, en respuesta a tan ferviente demanda, se revela como el libertador? Dice el apóstol: "¡Gracias doy a Dios, por nuestro Señor Jesucristo!" En otro lugar, dice de Cristo:
"Así, por cuanto los hijos participan de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, a saber, al diablo. Y librar a los que por el temor de la muerte estaban por toda la vida sujetos a servidumbre" (Heb. 2:14 y 15).
Cristo proclamó así su propia misión:
"El Espíritu del Señor, el Eterno, está sobre mí, porque me ungió para predicar buenas nuevas a los pobres. Me envió a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos abertura de la cárcel" (Isa. 61:1).

Ya hemos mostrado en qué consiste esa esclavitud y cautividad. Es la esclavitud al pecado, la esclavitud de ser compelido a pecar aun en contra de la voluntad, por el poder de las propensiones y hábitos malos, heredados y adquiridos. ¿Nos libera Cristo de una experiencia cristiana verdadera? -No, ciertamente. Entonces, la esclavitud del pecado de la que se lamenta el apóstol en Romanos siete, no es la experiencia de un hijo de Dios, sino la del esclavo del pecado. Es para liberar a los hombres de este cautiverio por lo que vino Cristo. No vino a liberarnos -en esta vida- de batallas y luchas, sino de la derrota. Vino para fortalecernos en el Señor y en el poder de su fortaleza, para que podamos dar gracias al Padre, quien "nos libró de la potestad de las tinieblas y nos trasladó al reino de su amado Hijo", por la sangre del cual tenemos redención.

¿Cómo se efectúa esta liberación? -Por el Hijo de Dios. Cristo dice: "Si vosotros permanecéis en mi palabra, sois realmente mis discípulos. Y conoceréis la verdad, y la verdad os libertará". "Así, si el Hijo os liberta, seréis realmente libres" (Juan 8:31, 32 y 36). Esta libertad alcanza a todo el que cree; porque a los que creen en su nombre, les dio "potestad de ser hechos hijos de Dios". La liberación de la condenación alcanza a todos los que están en Jesucristo (Rom. 8:1); y estamos en Cristo por la fe (Gál. 3:26 y 27). Es por la fe como mora Cristo en nuestros corazones.