20/12/2008

EL VERBO SE HIZO CARNE

"En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios" (Juan 1:1). "Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros" (vers. 14).

El tema de la redención será la ciencia y el canto por las edades eternas, y bien puede ocupar nuestras mentes durante nuestra breve morada aquí. No hay ninguna otra porción de ese gran tema que demande tanto de nuestras mentes a fin de poder apreciarlo, como el tema que vamos a estudiar : "el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros". Por Él "fueron hechas" todas las cosas. Ahora, Él mismo "fue hecho". El que tenía toda la gloria con el Padre, la deja a un lado, y es hecho carne. Deja a un lado su modo divino de existencia, y toma el del hombre; y Dios se manifiesta en la carne. Esa verdad es el fundamento mismo de toda verdad.

UNA VERDAD RECONFORTANTE

El que Jesucristo se hiciera carne, el que Dios se manifestase en la carne, es una de las verdades que más ánimo traen, una de las verdades más instructivas, una verdad en la que debiera gozarse la humanidad.

Quisiera estudiar esta cuestión teniendo en vista nuestro presente beneficio personal. Concentremos al máximo nuestras mentes, pues comprender que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros requiere todas las energías de nuestra mente. Consideremos, primeramente, qué clase de carne fue, pues ahí está el fundamento mismo de la cuestión, en lo que tiene que ver personalmente con nosotros. "Por cuanto los hijos participan de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, a saber, al diablo. Y librar a los que por el temor de la muerte estaban por toda la vida sujetos a servidumbre. Porque de cierto, no vino para ayudar a los ángeles, sino a los descendientes de Abrahán. Por eso, debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser compasivo y fiel Sumo Sacerdote ante Dios, para expiar los pecados del pueblo. Y como él mismo padeció al ser tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados" (Heb. 2:14-18). Para que, sujetándose a la muerte, tomando sobre sí la carne de pecado, pudiera destruir mediante su muerte al que tenía el imperio de la muerte.
"Porque de cierto, no vino para ayudar a los ángeles, sino a los descendientes de Abrahán" (Heb. 2:16). En el siguiente versículo se nos da la razón de ello: "Por eso, debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser compasivo y fiel Sumo Sacerdote ante Dios, para expiar los pecados del pueblo". "Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como refiriéndose a muchos, sino a uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo" (Gál. 3:16). Viene verdaderamente en ayuda de la simiente (o descendencia) de Abraham, haciéndose Él mismo simiente de Abraham. Dios, enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado, condenó el pecado en la carne; para que la justicia que requiere la ley se cumpla en nosotros, que no andamos según la carne, sino según el Espíritu (Rom. 8:3 y 4).
Por lo tanto, podéis ver que la Escritura expone claramente que Jesucristo tenía exactamente la misma carne que nosotros: carne de pecado, carne en la que nosotros pecamos; carne, sin embargo, en la que Él no pecó jamás. Pero llevó nuestros pecados en esa carne de pecado. No olvidéis ese punto. No importa cómo lo hayáis podido considerar en el pasado, vedlo ahora tal como está en la Palabra; y cuanto más lo veáis en esa forma, más razón tendréis para agradecer a Dios porque así sea.

EL PECADO DE ADÁN, UN TIPO...

¿Cuál era la situación? Adán había pecado, y siendo que él era la cabeza de la familia humana, su pecado fue un pecado representativo, un tipo. Dios había hecho a Adán a su propia imagen, pero esa imagen se perdió por el pecado. Adán engendró entonces hijos e hijas, pero los engendró a su propia imagen, no a la de Dios (Gén. 5:3). Todos somos descendientes de un linaje tal, pero siempre a imagen de Adán.

Así continuaron las cosas durante 4.000 años, y entonces vino Jesucristo, de carne y en carne, hecho de mujer, hecho bajo la ley; nacido del Espíritu, pero en carne. Y ¿qué carne pudo tomar, si no es la carne que había en aquel tiempo? No sólo eso, sino que fue la carne que Él mismo dispuso que había de tomar; porque podéis ver que se trataba de auxiliar al hombre en la dificultad en la que éste había caído, y el hombre es un agente moral libre. La obra de Cristo ha de ser, no la de destruirlo, no la de crear una nueva raza, sino re-crear al hombre, restaurar en él la imagen de Dios. "Vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios experimentase la muerte en provecho de todos" (Heb. 2:9).

UNA RAZA CONDENADA Y DESVALIDA


Dios hizo al hombre un poco menor que a los ángeles, pero el hombre cayó mucho más bajo por su pecado. Queda totalmente separado de Dios; pero ha de ser elevado de nuevo.

Jesucristo vino para realizar esa obra, y a fin de ello, vino, no allí donde estaba el hombre antes de su caída, sino donde estaba después de haber caído. Tal es la lección contenida en la escalera de Jacob. Ésta descansaba sobre el terreno en donde estaba Jacob, pero su extremo superior alcanzaba hasta el cielo. Cuando Cristo viene a rescatar al hombre del pozo en el que está, no se acerca a la entrada del pozo para mirar y decirle: ‘Sube hasta aquí, y yo te ayudaré’. Si el hombre pudiera por sí mismo retornar hasta el punto en el que cayó, sería igualmente capaz de lograr el resto. Si pudiera dar un solo paso por sí mismo, podría recorrer todo el camino; pero debido a que el hombre está rematadamente arruinado, débil, herido y destrozado, de hecho absolutamente desvalido, Jesucristo viene allí donde él se encuentra, y se une con él. Toma su carne y se hace un hermano suyo. Jesucristo es nuestro hermano en la carne; nació en la familia.
"Tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único". Sólo tenía un Hijo, y lo entregó. Y ¿a quién lo entregó? "Un niño nos es nacido".